TRIBUNA
IGLESIA Y MORAL NATURAL
PABLO
CABELLOS LLORENTE/
En la interesante entrevista publicada recientemente por LAS PROVINCIAS a una conocida profesora universitaria, había diversos temas que me interesaron, aunque no los explicite ahora por pertenecer al campo de lo opinable.
Sí entraré en otro asunto, pero antes recordaré una escena del libro de los
Hechos de los Apóstoles. Pablo está preso por acusaciones de tipo religioso por
parte de los judíos. El procurador Festo recibe a
Agripa y Berenice, y los invita a escuchar al reo. Pablo les habla largamente
del camino instaurado por Jesús de Nazaret, que él
sigue. Narra su propio encuentro con el cristianismo naciente y su fe en la
predicación del hijo de Dios. Lo hace con su fuerza característica hasta tal
punto que el rey Agripa dice: “Un poco más y me convences de que me haga
cristiano”. La respuesta de Pablo es sincera y recta: “Quisiera Dios –dice– que, con poco o con mucho, no sólo tú, sino todos los
que me escuchan hoy se hicieran como yo, pero sin estas cadenas”.
Y vuelvo a la entrevista con el mismo respeto y simpatía. No deseo hacer un
juicio de intenciones. Simplemente tomo alguna referencia, porque podría
mostrar –junto a tantos aciertos– cómo, en ocasiones,
los cristianos podríamos seguir mejor lo que afirma
Es muy cierto que el cristiano no puede imponer sus propias convicciones, pero
renunciar a ellas es algo muy distinto. Sé también que es bueno el deseo de
encontrar unos puntos éticos de coincidencia generalizada. A esa buena idea le
opongo dos objeciones, quizá muy simples: esos puntos van encogiéndose tanto
que pueden quedar literalmente reducidos al tamaño del ortográfico. Y lo más
serio es que en un católico mengua notablemente la comunión con
Se habla del matrimonio homosexual como algo enriquecedor por lo que
supone de diversidad y de capacidad de integrar las diferencias. Todo esto
suena a políticamente correcto, pero si se ahonda puede quedar uno atrapado en
la expresión aparentemente lograda: ¿es enriquecedora la diversidad maltratado-maltratador; o la de rico-pobre; estafado-estafador;
veraz-mentiroso? ¿Habría que intentar integrarlas?
En cualquier caso, la finalidad del matrimonio no es la integración de la
diversidad. Por ello –se afirma en el Compendio de
Es muy saludable el respeto. Y más si se realiza del modo sereno, elegante
incluso, del que hace gala la profesora. Respeto siempre. Pero esta actitud no
implica claudicar de actitudes y modos de pensar que, como dijo tantas veces
Juan Pablo II, se refieren a la verdad sobre el hombre.
Tampoco cabe en esa verdad la reproducción asistida, que menciona. Y si no
cabe, en realidad no es porque lo señala
“No existe conflictividad entre Dios y el hombre”, se lee en el reciente
Compendio de
Recientemente, ha escrito Olegario González de Cardedal
que hay muchos teólogos y filósofos –incluidos no católicos–
para los que “no merece la pena discutir de religión, cristianismo e Iglesia
con los representantes de un pensamiento teológico débil y acomplejado, sino
que hay que hacerlo con aquellos que lúcidamente mantienen el núcleo duro y
específico de la fe con real pretensión de racionalidad, que creen en él y
están dispuestos a proponer su verdad a la altura de la conciencia histórica y
en diálogo con el pensamiento contemporáneo”.
El núcleo duro de la fe no es solamente el Credo –aunque bastaría, para lo que
aquí se trata, pensar fuertemente en las consecuencias de un Dios creador–, sino todas las conclusiones prácticas, morales,
que no se pueden poner entre paréntesis, para afirmar lo contrario.